martes, 2 de junio de 2026

FICHA DE FORMACIÓN: JUNIO DE 2026

FICHA DE FORMACIÓN: JUNIO DE 2026 
 
“NINGÚN ÁRBOL MALO DA FRUTOS BUENOS” 
 
Muchos son los frutos y consecuencias de la Apariciones de 1830. Las manos que manaban luz, según la visión de Catalina, hacían florecer conversiones, curaciones y obras nuevas. Ante todo, la prodigiosa multiplicación y difusión de la medalla de la Inmaculada que el pueblo llamó “milagrosa”. Señalar las insólitas conversiones como el militar de Alensón, el polaco Stempowski, la del judío Alfonso Ratisbona y millares y millares de pobres desconocidos. 
 
Frente a los fuertes y múltiples conjurados contra la fe cristiana, a raíz de la Revolución y la Ilustración, el cielo había enviado el signo humanamente más inerme para renovar la Iglesia y sus comunidades. Pero hay muchos otros frutos. Señalamos algunos cuyos datos están tomados del libro Y la llamaron Milagrosa (P. Honorio López, CM):  
 
1-Jóvenes de María. En la Aparición de la noche del 18 al 19 de julio de 1830, la Virgen María le dio a Santa Catalina el encargo que había de trasmitir al P. Aladel: “la Santísima Virgen quiere que usted comience una Asociación…, una Asociación de Jóvenes de María, a quien la Virgen concederá abundantes gracias”. 
 
Pronto empezaron a formarse los primeros grupos, primero en las casas, escuelas, hospitales o talleres de las Hijas de la Caridad. Se trataba de jóvenes aprendices, obreras o alumnas, provenientes de las clases populares y todas ellas consagradas a la Virgen María. En 1847, Pío IX confiere el reconocimiento oficial de la Asociación. El P. Aladel publica el Manual de las Hijas de María del que, en cuatro años, se distribuyeron 25.000 ejemplares. Pronto se extendieron a otros países como Chile, 
Estados Unidos, Perú, México… En marzo de 1831 el Vaticano autoriza la creación de las Hijas de María en todas las parroquias. 
 
2-La renovación de las comunidades vicencianas. Es otro fruto de las Apariciones. Tanto las Hijas de la Caridad como los misioneros conocieron nuevamente, aunque entre conflictos, días de esfuerzo, de fervor y de expansión. A raíz de la Revolución, muchos/as fueron asesinados, otros se pasaron al clero diocesano y otros emigraron a diversos países. Pero aún en los que permanecían, era notable una débil y estéril existencia, con pocas esperanzas de volver a recuperarse.  
 
Pero, como lo atestiguará el P. Etienne, poco tiempo después tuvo lugar la Aparición de María Virgen Inmaculada, que fue un punto de partida de una nueva era para las dos Compañías: misioneros al Oriente y a China, al centro de Africa, Argelia y a las dos Américas. El nuevo espíritu atrajo muchas vocaciones y las obras florecieron por todas partes: 
 
1-La Asociación  de  la  Medalla Milagrosa. No es necesario extenderse en este punto pues, por los Estatutos, conocemos bien su existencia, su aprobación pontificia, su enorme extensión por todo el mundo y su finalidad que es el seguimiento de Jesucristo, a ejemplo de María, discípula y modelo de vida cristiana y el apostolado de la Evangelización y el Servicio a través de la Visita Domiciliaria y los proyectos de Caridad a favor de los pobres. 
 
2-La  aventura  de  Edel Quinn  y  su  Legión mariana.  Es otro fruto hermoso de la Milagrosa. La Legión de María surgió en la verde Irlanda en 1921. Una costurera, Edel Quinn, presidía a las 17 personas reunidas aquella tarde en Dublín. También un misionero y Frank Duff, fundador de la obra y miembro de las Conferencias de Ozanam. En la mesa de aquella humilde habitación reinaba una imagen de la Milagrosa y lo sigue haciendo hoy en cada reunión semanal de los legionarios marianos. 
 
3-Los preparativos de la proclamación de la Inmaculada. La fe del pueblo de Dios en este privilegio de la Virgen tuvo un largo recorrido tanto en la Iglesia oriental como en Occidente. Al margen de las discusiones de los doctores, el pueblo creyente ya lo confesaba desde antiguo: por los méritos de Jesucristo, la Virgen María había sido preservada de la mancha original desde su concepción. 
 
Pero faltaba la declaración oficial por parte de la Iglesia, que llegó el 8 de diciembre de 1854 por parte del Papa Pío IX ante una inmensa multitud popular y ante 189 pastores. Las apariciones de la Milagrosa, la propagación de su medalla, las innumerables conversiones y curaciones,   la jaculatoria “Oh María sin pecado concebida”, la Virgen pisando la cabeza de la serpiente, provocaron un intenso movimiento mariano en torno a este privilegio.  
 
Así lo reconocía el Arzobispo de París al decir que todo esto era “el punto de partida”, y el Papa Pío XI: “la medalla… preparó los ánimos del pueblo cristiano” como medio más oportuno entre los demás para la definición dogmática que se avecinaba. Posteriormente, en Lourdes, la Virgen diría a Bernardeta: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. 
 
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