FICHA DE FORMACIÓN: OCTUBRE DE 2025
MARÍA VISITA A SUS HIJOS
La Asociación Medalla Milagrosa es una asociación pública de fieles internacional, que se caracteriza por estas tres notas: eclesial, mariana y vicenciana (Estatutos 3 y 4). El curso pasado dedicamos los temas de formación a la nota vicenciana. El presente lo vamos a dedicar a la nota mariana, “porque la misma naturaleza de la espiritualidad cristiana tiene presente la dimensión mariana, porque la Asociación nace a raíz de las Apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré en 1830 y porque todos sus miembros se sienten llamados a conocer, vivir y difundir el mensaje de estas apariciones de 1830”. (Est. 4, 2).
Después de la anunciación del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, al que María corresponde con su Fiat, el evangelista san Lucas añade el pasaje de la Visitación a su prima santa Isabel para felicitarla, para ayudarla en su nueva situación y sobre todo para comunicarle la Buena Noticia: han llegado los tiempos mesiánicos. Isabel y el niño en su seno la sienten y la felicitan por su fe. Ella es el “arca de la nueva alianza”, que hace saltar de gozo por la presencia de Dios en medio de su pueblo.
Sabemos que María es la Virgen peregrina, que sabía mucho de caminos: de Nazareth a Belén, de Belén a Nazareth, de Nazareth a Ain Karim, a Egipto, a Jerusalén, por los caminos de Judea y Galilea y, al final, el doloroso camino del Calvario. Es la peregrina de la fe, que recorrió el camino de la fe con oscuridades, dificultades, preguntas y sufrimientos, pero siempre con total fidelidad, confianza y disponibilidad.
María es la madre espiritual de la Iglesia y de cada uno, misión que
Jesús le encomendó en el Calvario. Como dice la Lumen Gentium (62),
“Ella, asunta al cielo, no ha dejado esta misión salvadora… Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada”.
Este rasgo lo puso de relieve toda la manifestación de la Virgen Milagrosa, pero de modo especial la aparición del 18 al 19 de julio de 1830 a santa Catalina Labouré: una novicia de las Hijas de la Caridad. Siguiendo la ley bíblica, Dios escoge a los pequeños: a Moisés, a David, a los
Profetas; Jesús a unos pescadores, a Bernardita Soubirous, a los pastorcitos de Fátima. Pablo a “lo necio del mundo”.
Catalina tiene 23 años, sabe leer y escribir, es devota de la Inmaculada de su pueblo, tiene deseos de ver a la Virgen, tiene buen carácter, es trabajadora y alegre. Ella relata al P. Aladel lo que sucedió aquella noche en que, guiada por un niño, no solo le dijo que había visto a la Virgen, sino que, “mirando a la Virgen me puse de un salto a su lado, hincada sobre las gradas del altar, y con las manos apoyadas en las rodillas de la Virgen… allí pasé el momento más dulce de mi vida…”.
En relatos que escribe en 1876, poco antes de su muerte y a petición de la Superiora, Catalina escribe los mensajes de esa conversación: “El buen Dios quiere confiarte una misión que te hará sufrir… Corren malos tiempos, las desgracias van a caer sobre Francia, hay abusos en las dos Comunidades, la Santísima Virgen (le dijo al P. Aladel) quiere que funde una Asociación de Jóvenes de María; ella me enseñó la manera de comportarme en las penas y a acudir y postrarme al pie del altar y desahogar allí mi corazón, pues allí recibiría los consuelos de que tuviese necesidad”.
Santa Catalina pudo intuir que la misión que le confiaba la Virgen había de ser la manifestación y la acuñación de una medalla con un rico mensaje, a la que irían anexas muchísimas gracias. La invita a la confianza, a la oración, recibirá muchas gracias, sufrirá diversas contradicciones porque no la creerán…
Y es que “Dios visita y guía a su pueblo”. Es una constante de la Revelación a través de personajes y profetas en el Antiguo Testamento, la plenitud en Cristo, los Apóstoles, la Iglesia, los Santos y los Mártires. Y también por la presencia y actuación de María. Las Apariciones de la Virgen no son dogmas de fe, pero sí intervenciones de Dios a través de María para estimular la fe, la oración, la conversión, la vida cristiana en circunstancias particulares. Por eso, resulta un hecho sorprendente que los movimientos protestantes hablen mucho de la mediación de los Profetas, de los Evangelistas, de Pablo y los Apóstoles, pero no hablan, como que se avergüenzan, de la presencia y mediación de la Madre de Jesús.
Al recordar esta cercanía, esta visita de la Virgen, hemos de recibirla como la visita de la Madre que se acerca a sus hijos para reavivar nuestra vida de fe, tal vez rutinaria, cómoda, interesada… Acoger con humildad y gratitud lo que el Señor quiera comunicarnos por su santísima Madre.
- ¿Qué nos impresiona más de esta Aparición del 18-19 de Julio? - ¿Cómo influye María en nuestra vida cristiana y apostólica?
FICHA DE FORMACIÓN: NOVIEMBRE DE 2025
“VENID AL PIE DE ESTE ALTAR”
En el tema anterior aludimos a las palabras que santa Catalina escribió a petición de la Superiora del asilo de Enghien: “el buen Dios quiere confiarte una misión. Sufrirás mucho, pero lo superarás haciéndolo por la gloria del buen Dios… Te contradecirán, pero tendrás la gracia necesaria; no temas, dilo todo con confianza y sencillez… Corren malos tiempos. Las desgracias van a caer sobre Francia, el trono será derribado, infortunios de toda clase sacudirán al mundo…, pero venid al pie de este altar donde se derramarán gracias sobre todas las personas que las pidan con confianza”.
Esta inscripción se lee en el arco del presbiterio de la Capilla de las Apariciones y es un gozo enorme verificar cómo las gradas del presbiterio están siempre llenas de gente de toda raza y color, reflejando en sus rostros la intensidad de sus peticiones o la gratitud por los favores recibidos.
¿Cuál es el símbolo del altar? En todas las religiones el altar es el centro del culto sacrificial, el signo por excelencia de la presencia divina. Jesús no solo da el verdadero sentido del culto antiguo, sino que pone fin al mismo. En el nuevo templo, que es su cuerpo, no hay ya más altar que él mismo (Heb 13, 10), que es a la vez víctima, sacerdote y altar.
Así pues, el altar es símbolo de Jesucristo y en él encontramos la mesa de la Palabra y la mesa de la comida espiritual. Acudir, encontrarse con Jesucristo es lo central del cristianismo. Es la respuesta a la pregunta del mismo Jesús: ¿Quién soy yo para vosotros?
El Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica con motivo del Jubileo Año 2000 escribió: “el nacimiento de Jesús no es un hecho que se pueda relegar al pasado. Ante él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el mundo del futuro son iluminados por su persona”. Unos griegos le dicen a Felipe: “Queremos ver a Jesús”. También los hombres de nuestro tiempo lo desean, quizás inconscientemente. Es preciso no sólo hablar de él, sino hacérselo ver. ¿No es este el cometido de la Iglesia? ¿Lo conocemos nosotros? ¿Cuál es su verdadero rostro?”
El Papa habla del rostro del Nazareno en los Evangelios, tal como lo muestran los Apóstoles inspirados por el Espíritu Santo al hablar del misterio de la Encarnación y los episodios de la infancia, al hablar de su actuación pública anunciando el Reino: el Padre y la humanidad nueva.
Él es el hombre nuevo que pasó haciendo el bien, liberando a los oprimidos y llamando a participar de su vida divina a la humanidad redimida.
El rostro doliente de la Pasión. La contemplación del rostro de Cristo nos acerca al aspecto más paradójico de su misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos en la que Jesús pide al Padre que, si es posible, aleje de él la copa del sufrimiento. Y todavía más en el grito, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” El grito de Jesús en la cruz no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor por la salvación de todos.
El rostro del Resucitado. La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la carta a los Hebreos: “… y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación para todos los que lo obedecen” (He 5, 7-9). La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado siguiendo los pasos de Pedro: “tú sabes que te quiero”, y los de Pablo: “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia”. En el rostro de Cristo, la Iglesia contempla su tesoro y su alegría y animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, pues “Él es el mismo ayer, hoy y siempre” (He 13,8).
La invitación de María. Hay una gran coincidencia entre el mensaje de la Rue du Bac y la invitación de Juan Pablo II. María nos puede ayudar a conocer el rostro de Cristo. ¿Alguien contempló su rostro como ella? Esta es la invitación de María cuando nos dice “Haced lo que Él os diga”, ir al encuentro con él, pues como dice el Papa Benedicto XVI, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (Dios es amor, 1).
La fe en Jesucristo se caracteriza por el encuentro con él. Los discípulos no fueron llamados a suscribir una lista de verdades que creer. Son llamados a fiarse de una persona, a confiarse totalmente a ella, a establecer con ella una relación personal y vital. “Andad como conviene a vuestra vocación”, dice san Pablo.
- ¿Cuál es el rostro de Cristo que más nos impresiona?
- Hace dos mil años que empezó el cristianismo. Y nosotros,
¿cuándo empezaremos a ser cristianos de verdad?, dice este autor (Mollereau).
FICHA DE FORMACIÓN: DICIEMBRE DE 2025
LA INMACULADA (SANTIDAD)
Los capítulos dos y tres del Libro del Génesis describen el drama del Paraíso: el primer acto es la creación, el segundo es el pecado de los primeros padres que desobedecen el mandato de Dios y el tercero es el castigo y la promesa de redención o el protoevangelio: “El Señor Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho eso, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gen 3, 9-15.20).
Santa Catalina, al describir la visión del 27 de noviembre, anota que la Virgen tenía los pies apoyados sobre una media esfera. Añadirá también en otro momento, que había sobre ella una serpiente de color verdoso con manchas amarillas. Y en las tempranas indicaciones para el pintor Letaille se especifica que la Virgen estaba aplastando la cabeza de la serpiente. Y desde el principio, las medallas la representaron de ese modo.
Más adelante, también dirá santa Catalina que “se formó un cuadro alrededor de la Santísima Virgen, un poco ovalado, con estas palabras: Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti… escritas en letras de oro”. Es la mujer sin pecado concebida, la Reina que es esclava del Señor y la Madre intercesora que ruega por nosotros. María, la casa biológica del Hijo, también fue redimida por la Cruz de Jesucristo. Pero, mientras a nosotros se nos da la redención como curación, a ella se le regaló como prevención.
Así lo expresaba Pío IX en la definición de la verdad de la
Inmaculada en 1864: “Para honra de la Santísima Trinidad, para alegría de la Iglesia católica,…sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús”.
Este privilegio de María implica la plenitud de la obra de Dios que derrama sobre ella los dones y prerrogativas del Espíritu Santo para la que va a ser la Madre del Verbo, la favorecida de Dios, la llena de gracia, la bendita entre las mujeres, y por otra parte, la pobreza, la pequeñez de su sierva: “el Señor ha hecho obras grandes por mí”. (Lc 1,49).
María es kejaritomene, es decir, colmada de gracia con plenitud. Tal gracia es un don totalizante ofrecido gratuitamente por Dios. María, además, ha encontrado gracia delante de Dios (Lc1, 30). Tal gracia es salvación total por su Concepción Inmaculada; es fe y disponibilidad de esclava del Señor; es acogida y presencia de Cristo.
Alusiones a su santidad son los adjetivos bendita y dichosa, aplicados por Isabel a María, que son como sinónimos de santa, así como también bienaventurada. Ser y permanecer entre los discípulos es respuesta a la vocación a la santidad. Así aparece la Virgen como mujer creyente, discípula fiel, dócil a la voluntad de Dios, en unión total con él, leal colaboradora, llena de amor a Dios y al prójimo.
Nosotros no podemos ser como María concebidos sin pecado, pero sí en imitarla en el camino de la santidad. Como consta en el capítulo V de la Lumen Gentium, del Vaticano II: “en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”. (1Tes, 4, 3).
Hay muchas ideas falsas e inadecuadas de la santidad o pensar que eso corresponde a algunas personas o estados de vida. Ser santos es participar de la vida trinitaria a partir del bautismo que nos hace hijos de Dios, seguidores de Jesús, Camino, Verdad y Vida, templos del Espíritu Santo, una vida de fe, esperanza y caridad. Se puede decir que esta es la santidad ontológica, es decir, el ser, pero también consiste en la moral, el vivir como conviene a los santos. No basta con no robar ni matar, sino la práctica de los Mandamientos, las Bienaventuranzas, el Evangelio y las actitudes de Jesús, que pasó por el mundo haciendo el bien.
Volviendo al tema de las Apariciones y al simbolismo de la medalla vemos que la Virgen camina con nosotros por nuestro mundo y nos señala, con su actitud de pisar la serpiente, cómo también nosotros hemos de vencer a la serpiente tentadora, que se nos presenta con mil disfraces distintos. Estamos tentados desde dentro y también amenazados desde fuera. Pero la Virgen ha venido a visitarnos y a socorrernos. Su medalla es escudo de nuestra fe, programa de vida e imán hacia Dios. Con ella queremos avanzar en el seguimiento de Jesucristo. Ella es nuestra querida Madre y por eso le pedimos: “Ruega por nosotros que recurrimos a ti”.
- El Papa Francisco en “Alegraos y regocijaos” habla mucho de los
“santos de la puerta de al lado”. ¿Qué entendemos por esto?
- ¿Qué nos impide progresar en el camino de la santidad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario