"La buena conciencia es la mejor almohada para dormir." (Socrates)

martes, 13 de enero de 2026

FICHA DE FORMACIÓN: FEBRERO DE 2026 

 

LA M DE MARÍA, MADRE Y LA CRUZ 

 

 

Los signos del reverso. A santa Catalina se le muestra el reverso de la medalla: la letra M y la Cruz, los dos corazones y las doce estrellas. Símbolos tan expresivos que María le dice cuando ella le pregunta si hay que poner algo: “Bastante dicen la M y los dos corazones”. 

 

La M de María y de Madre. Es el nombre de Miriam, Señora, la favorecida, la llena de gracia. Y la Madre, la M que sale de la cruz, la maternidad divina, escogida por Dios, anunciada y consentida en el pasaje de la anunciación del ángel. La Madre y modelo de la Iglesia, la participación de María en el misterio pascual con su presencia en el calvario y su propio sufrimiento, unido al de Cristo. 

 

Aquí María no sostiene una cuna o un niño, solo la Cruz. Después de todo, la cruz es el derecho fundamental de un cristiano, ¿cómo no iba a serlo de María? María estaba “junto a la cruz de Jesús” (Jn 19, 25). La pasión del Hijo y de la Madre están reunidas y son inseparables. Si san Pablo escribía “me gozo en mis sufrimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24), ¿con cuánta más razón sucede esto en María junto a la cruz de Jesús? 

 

María es la discípula que sigue al Hijo sin apartarse cuando aparece el sufrimiento, el desprecio y la muerte de aquel al que amaba y seguía. La que no se derrumbó del escándalo ante el silencio de Dios. Es la madre de los seguidores de Jesús y la que con-sufre con él y ruega por nosotros para que lo sigamos sin desfallecimiento en las buenas y en las malas. La M y la Cruz son la conjunción de sus pasiones porque antes hubo la conjunción de sus vidas, como luego habrá la comunión de la gloria. 

 

Si aquí aparece simbolizada, ante todo, la unión entre la Madre y el Hijo, también aparece, en segundo lugar, la unión entre María y los discípulos, pues el discípulo es aquel que estaba con ella al pie de la cruz. Jesús, a punto de morir, le dijo unas breves palabras para encomendarle una herencia: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y luego al mismo discípulo amado: Ahí tienes a tu madre. Es decir, ahora también le encomendaba a él una herencia personal: tener a María por madre (Jn 19, 25-27). 

 

En víspera de su Pasión, Jesús dice: “La mujer, cuando va a dar a luz, se acongoja porque ha llegado su hora, pero cuando le ha nacido el niño, ya no se acuerda de la angustia a causa de la alegría que siente por el hombre que ha traído al mundo” (Jn 16,2). Y esta es la hora de María, la nueva Hija de Sión, la hora que Jesús le indica para tener al discípulo como nuevo hijo. Es la hora de hacernos sus recién nacidos. La muerte de su Hijo es la hora que María nos hace hijos suyos. 

 

Esta es la fuerza de la alianza que establece Jesús entre su madre y sus discípulos. En los contratos se marcan derechos y deberes, y se especifican intercambios de bienes y cosas: esto es tuyo y esto es mío. En la alianza se constituye una comunión de personas. Ella es nuestra y nosotros, suyos; ella es nuestra madre y nosotros somos sus hijos. 

 

La Virgen María, con alegría personal y por encomienda de su hijo Jesús, nos tiene y nos ama a nosotros como a hijos suyos. Y al vernos necesitados, no puede menos que venir a socorrernos. Porque son muchos los sufrimientos que hay en la vida a todos los niveles: en la sociedad con las guerras, las injusticias, las desigualdades, el hambre y la miseria; en las familias con las desavenencias, las rupturas, hijos sin hogar, pérdida de la fe y la práctica religiosa; personalmente ante la presencia del dolor, la enfermedad, la ancianidad, el temor a la muerte, etc… 

 

En las apariciones de la capilla del Bac, y ante las adversidades de sus hijos, María viene a mostrar una vez más su solicitud y amparo. Continúa su vocación de madre que corre junto a los hijos en los momentos difíciles. Ella es la que suplica a Dios (“ruega por nosotros que recurrimos a vos”), la que distribuye y da los dones obtenidos y se los da especialmente a quienes se abren para recibirlos. Necesitamos a esta Virgen María que viene a nosotros desde la Medalla para reanimarnos en la vida de fe cristiana y para curarnos de tantas heridas, violencias, desconfianzas y confusiones. Ella ve y sabe que la necesitamos ahora como entonces, y sigue tendiéndonos sus manos maternales y llenas de dones. 

 

Ella también nos enseña a saber situarnos ante el mal y el sufrimiento. Ante todo, a no causar daños y sufrimientos con palabras poco amables, con comportamientos egoístas o violentos que hieren la dignidad de las personas. Y luego, a trabajar por su desaparición y alivio. Estar al pie de la cruz de los que sufren la enfermedad, la soledad, el hambre, la injusticia. Tomar el lado de los pobres como lo hizo Jesús. Dichosos los que sufren, los que saben sufrir, porque de ellos es el reino de los cielos. 

 

¿Cómo aceptamos los dolores y sufrimientos de nuestra propia vida personal o familiar? 

¿Cómo podemos estar al pie de la cruz de los que sufren enfermedad, soledad o pobreza? 

 


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