"La buena conciencia es la mejor almohada para dormir." (Socrates)

jueves, 9 de junio de 2011

Juicios

Hace unos días paseaba por una calle a la que no iba desde pequeño. Las casas que veía aparentemente eran las mismas y me daba gusto comprobar que mis recuerdos eran fieles a las cosas tal y como eran. Todo era igual menos una cosa: en una de las casas, en el jardín donde yo tantas veces había estado de pequeño, entonces lleno de flores y con una huerta llena de frutos, estaba abandonada. Ahora en lugar de esos frutos y esas flores, había maleza;  muchas ortigas, muchos cardos. Y eso me sirvió para acordarme  que,  así como el jardín que es cultivado da frutos cuando se le atiende con cariño, así es el alma de la persona que quiere cultivarse y que quiere cuidar también de dar a tiempo esos frutos.
De algún modo esto es lo que nos quiere decir el Evangelio. ¿Qué árbol malo da frutos buenos o que árbol bueno da frutos malos? Cuando el Señor dice: ¿cómo te atreves a quitar la pajita que tiene tu hermano en el ojo cuando tú tienes una viga?, nos advierte que antes de mirar cómo están los jardines de alrededor, que miremos también como está nuestro propio jardín. Porque, también lo dice en el Evangelio, de lo que sobreabunda  en el corazón, habla la boca. Muchas veces,  descubrimos que somos muy prontos a la crítica, nos encanta enjuiciar, condenar a los demás, viendo con facilidad sus defectos y  sus fragilidades, y sin embargo nos olvidamos que primero deberíamos mirar dentro de nosotros mismos. Es más, incluso esas condenas y esos juicios que hacemos, en algunas ocasiones son un reflejo de esa condena y de ese juicio que yo me estoy haciendo a mí mismo o que  está sucediendo en mí. El que es bueno, decía el Señor, de lo bueno que hay en su corazón, saca cosas buenas. El que tiene el corazón lleno de hieles, de retorceduras, de rencores, manifiesta al exterior esas hieles, esos rencores y esas retorceduras.
Tendremos  tal vez que ocuparnos un poco de ese cultivo y de mirar primero dentro de nuestro corazón antes de mirar en el corazón de los demás para ser auténticos. Y esto no significa que el cristiano siempre tenga que callarse ante las cosas que estén mal hechas. Pero  nunca enjuicia a la persona. Se dice siempre que se juzga al pecado pero no al pecador. Así el Señor decía que el que esté sin pecado que tire la primera piedra, dándonos a entender que nosotros no tenemos autoridad moral para juzgar a nadie, porque ¿quién sabe su historia? ¿Quién conoce sus limitaciones, quién conoce sus miedos, sus mismas enfermedades, etc...? Alguna vez se ha dicho que un hombre queda definido por tres parámetros: su historia, su biología y su libertad. Y sólo hay alguien capaz de conocer toda la historia, hasta la más olvidada de un ser humano. Sólo hay alguien que es capaz de conocer de un modo exhaustivo, hasta lo más íntimo, la biología de un ser humano. Y solo hay alguien que es capaz de conocer de un modo completo, hasta en lo más dudoso, la libertad de un ser humano. Y ese es Dios. Por eso el juicio es de Dios. Nosotros no podemos juzgar más que nuestro propio jardín. Cuidar  que esté fresco, y  que dé frutos. Y si en nuestro jardín y en nuestra alma hay cosas positivas, veremos de un modo positivo el de los demás. Sólo el bueno sabe ver lo bueno y sólo el malo sabe ver lo malo.
Deberíamos preguntarnos todos cuál es mi actitud hacia los demás: de juicio, de condenación, de exigencia, o es una actitud positiva, comprensiva. Porque de lo que sobreabunda el corazón, sin duda ninguna, habla  la boca.

miércoles, 8 de junio de 2011

I N V I T A C I Ö N ...

                                                       El tren sólo pasa una vez en la vida...

Quien tenga miedo....


Quien tenga miedo a andar
que no se suelte
de la mano de su madre;
quien tenga miedo a caer
que permanezca sentado;
quien tenga miedo a escalar,
que siga en el refugio;
quien tenga miedo
a equivocarse de camino
que se quede en casa…

Pero quien haga todo eso
ya no podrá ser hombre,
porque lo propio del hombre
es arriesgarse.
Podrá decir que ama,
pero no sabe amar,
porque amar
es ser capaz de arriesgar por otros
.
Julián Ríos

Oración...

Señor... dígnate escucharme,
porque estoy muy triste y pobre,
protégeme, pués te soy fiel.
Tú eres mi Dios;
Salva a éste siervo tuyo que en tí confía!
......Sal. 86,1-2

Dejemos que Dios nos moldee...

Somos Vasijas en manos del Divino Alfarero.
Pero no habrá restauración sin arrepentimiento.
Solo un corazón arrepentido será restaurado.


Madre Teresa de Calcuta

Madre Teresa de Calcuta. Fue una católica albanesa que se radicó durante décadas en la India, y fundó las Misioneras de la Caridad en 1950.



La Caridad debera llegar para Salvar a la Humanidad,
asi lo decia ella

martes, 7 de junio de 2011

La Fuerza y el poder de las palabras...

                                       Que siempre de mi corazón y de mi boca salgan Bendiciones
                                y nunca........nunca maldiciones.............Dios les bendiga amigos míos...

LA FE LO PUEDE HACER...

  
                     <3 "  La FE lo puede hacer   ..."                 






Lo que hemos recibido gratis... demóslo gratis...

Una de las cualidades más bellas  del Amor de Dios es que es GRATITUO...
Dios no nos pasa factura...
Dios no nos pone condiciones para querernos...
Antes de que nacieramos, antes de que pudieramos hacer cosas buenas, ÉL ya nos quería...ésta
gratuidad del Amor de Dios, es la que nosotros tenemos que vivir con nuestros hermanos...
Para querer a los demás no tenemos que ser buenos, ni tenemos que dar la talla...
Cuando nosotros decidimos queres a los amigos, hermanos...o alguien,  ese amor ha de ser gratituo...
no pasar factura...no hechar carreras, yo pongo más... tú pones menos...todo lo contrario.
La escencia del amor cristiano es la GRATUIDAD...
"TE QUIERO POR LO QUE ERES Y NO PORQUE ME DAS...PORQUE AUNQUE NO ME DES
LO QUE YO ESPERO DE TI...YO QUIERO SEGUIR QUERIENDOTE..."
Y eso está muy claro en mi corazón...
sólo así seremos buenos imitadores y transmisores  del AMOR DE DIOS EN LA TRIERRA...
P. Higuera.
Dios les bendiga...infinitamente.

lunes, 6 de junio de 2011

Oír su voz

Recuerdo la decepción de una mujer, que al volver de un viaje por un país oriental, llegó a su casa  dispuesta a contar a todos las maravillas que había contemplado; a nadie pareció interesarle su discurso. A ella, que tenía cosas tan bonitas que contar y que explicar a todos, nadie le prestaba atención, cada uno estaba a lo suyo. Decidió, con pena, no contar nada.
Esa decepción que a lo mejor algunos hemos experimentado en lo humano, cuando tenemos cosas tan importantes para nosotros que contar, la experimenta Dios, cuando no es escuchado por los hombres. Cuando recordamos a Jesús, Cristo dice que sus ovejas son las que escuchan su voz. Pero, ¿ cuántas personas hay dispuestas a escuchar de verdad hoy en día la voz de Cristo? ¿ A cuántos realmente nos interesa su mensaje, que contiene palabras de vida eterna?  ¿Cuántos realmente queremos incomodarnos, desinstalarnos, y dejar que las palabras de Cristo, que son las únicas que  dan sentido a la vida, nos cambien y nos transformen nuestra vida?.
Tenemos que reconocer, que esta sociedad del confort, de la comodidad, del mínimo esfuerzo, nos lleva a evitar todo lo que sea incomodidad y transformación interior, todo lo que sea cambio. Sin embargo, el requisito imprescindible para formar parte de ese rebaño del Buen Pastor, es escuchar la Voz. Una voz que resuena en el silencio, una voz que no se impone, que es entrañable. Por eso, en el mundo de la prisa, de los esclavos del reloj, de las agendas que están repletas de actividades por hacer,  nos podríamos preguntar los cristianos, qué tiempo dedicamos a escuchar la voz del Buen Pastor. Bien lo expresó Simón Pedro, cuando desconcertado decía: “Señor, ¿ a quién vamos a acudir?, Sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Porque escuchar la voz del Pastor, significa  conocer palabras nuevas, que puedan transmitir un mensaje de novedad a mi vida. Es conocer nuevas actitudes, que van a tener consecuencias para la eternidad, la mía y la de los demás.
Por eso, ¡qué decepción tan grande puede sentir el Señor, cuando los hombres no queremos escuchar la aventura tan  apasionante que nos tiene que ofrecer, la aventura de la vida,  de la vida en la tierra y de la vida en el cielo!.
Todos deberíamos plantearnos qué tiempo dedicamos a diario a escuchar la voz del Buen Pastor, y tal vez con vergüenza, reconozcamos que es muy poco: porque no nos interesa, o nos cansa; porque denuncia cosas que hacemos y nos interpela para rectificar. Decía el salmista: ¡Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón!.
La Iglesia nos presenta a Jesús como el Buen Pastor  que da la vida por sus ovejas. Y transmite esa vida, no solamente en la cruz, sino que Él mismo continua dando vida por medio de su Palabra y los Sacramentos. Sólo los orantes, los que no tienen miedo al silencio exterior para empezar a  escuchar la voz interior de Dios, son los que consiguen seguir al Buen Pastor. Por eso, ¡ qué necesidad tan grande tenemos todos los días de hacer un pequeño parón!. No se trata tanto de contarle a Dios nuestras cosas, sino sobre todo dejar que Dios entre en nuestro corazón con su palabra, su cariño, con todo su ser. No solamente decirle nuestras penas, nuestras  necesidades, nuestras ansias, sino que Dios también nos hable de lo suyo. En una amistad verdadera, o son dos los que hablan y se escuchan, o algo no va bien en esa relación. Tal vez nos demos cuenta de que estamos utilizando a Dios, porque no nos interesan del todo sus cosas, a no ser las cosas que nos puedan beneficiar y que obtenemos de Él. ¡Ojalá que escuchemos todos la voz del Buen Pastor y que esa voz nos dé una vez más la vida eterna!