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sábado, 14 de febrero de 2026
miércoles, 4 de febrero de 2026
Historia de la medalla de la Milagrosa
Recibiendo a Febrero
Despidiendo a Enero
miércoles, 14 de enero de 2026
martes, 13 de enero de 2026
FICHA DE FORMACIÓN: MARZO DE 2026
LOS DOS CORAZONES
La manifestación del reverso de la medalla. Santa Catalina, por si había que poner alguna inscripción, María le dice: “Bastante dicen la letra M y los dos corazones”. Los dos corazones de Jesús, rodeado por una corona de espinas y el de María, atravesado por una espada, según la profecía de Simeón. Ardiendo en llamas de fuego.
El corazón en la Biblia significa el mundo interior: pensamiento, emociones, sentimientos, origen de las decisiones y los proyectos operativos. El mundo psíquico, el “yo interior”. Aún nosotros decimos: me duele, me destroza, me rompe el corazón (dolor), y también, te quiero con todo mi corazón, te doy mi corazón… El símbolo del corazón significa lo que es la vida: amar y sufrir.
El corazón de Jesús es el símbolo del amor de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Esa fue su vida y actuación al servicio del reino: niños, enfermos, marginados, pecadores. Llegará a decir que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida”. Y Él la da totalmente.
Esta imagen -de los dos corazones- nos remite al Evangelio, como toda la Medalla, y nos ayuda a leerlo. Cuando María y José llevan al niño para presentarlo en el templo, el anciano Simeón… “movido por el Espíritu… tomó al niño en sus brazos… y dijo a María su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción, y a ti una espada te atravesará el alma” (Lc 2, 34-35).
Y el corazón de María aparece en la Medalla con esta espada de dolor, porque el otro corazón, el de su Hijo, está coronado de espinas. Jesús es rey, pero de la manera más subversiva que podamos imaginar. Su trono es una cruz, su corona es de espinas, su medrosa corte de pescadores se ha desperdigado y la ley de su reinado solo tiene un artículo: “Amarse unos a otros como Él nos ha amado”.
El corazón de María late al unísono con el de Cristo. Si a una vida la hace buena el amor, este corazón experimenta el más excelente. Aquí están los dos mejores corazones de la historia humana. Y uno al lado del otro. El uno con una corona de espinas; el otro, traspasado por una espada. El Papa Pío XII recordaba que santa Catalina “amaba con especial fervor los corazones de Jesús y de María, y con sus conversaciones y ejemplos, estimulaba cuando podía a todos a que devolvieran amor por amor”.
El símbolo de los dos corazones tiene un claro mensaje para nosotros. Amar es nuestra vocación y felicidad. Nacemos del amor, crecemos en él, nos realizamos y sentimos bien, hay armonía en nuestra vida si queremos y somos queridos. No debemos dividir el mundo en buenos y malos, sino en seres que han sido amados o no. Por eso, “si me falta el amor, no me sirve de nada”.
Cuando se habla del amor aparecen muchas confusiones y falsificaciones. Todos entendemos que es el afecto, la tendencia, la inclinación a otras personas y seres. Dice Erich Fromm que “el amor no es esencialmente una relación con una persona específica: es una actitud, una orientación de apertura y bondad hacia todos”. En sus dos dimensiones: amor a Dios, fuente y origen de toda caridad (Plegaria Eucarística) y amor al prójimo, que es semejante al primero.
María nos ama, desde su corazón traspasado, con su amor reunido con el de su Hijo, hasta dolerle como una espada en el alma. Se duele por su Hijo y se duele por nosotros que lo llevamos a la cruz y para que, aceptando esta, dejemos que nos cambie la vida. ¿Podremos nosotros, como María, poner nuestro corazón en consonancia con el de nuestro amigo y redentor?
María nos muestra, en la Medalla, los dos corazones palpitando al unísono. Y, como siempre, nos lleva a aquel donde está nuestra salvación: al corazón abierto de su Hijo. Pues ella “no ha dejado esta misión salvadora, sino que, con su múltiple intercesión, continúa obteniéndonos la salvación eterna” (L G, 62). Del Génesis al Apocalipsis, pasando por los Evangelios, la Medalla es esta ventana que nos asoma al misterio del amor que Dios nos tiene, para reanimarnos a responder al amor con el amor.
El Papa Francisco ha escrito una hermosa Encíclica sobre el amor del Corazón de Jesús: Dilexit nos. Entre otras cosas dice que la sociedad humana está perdiendo el corazón: guerras, matanzas, destrucción, indiferencia. Que el mundo puede cambiar desde el corazón. El de Cristo es éxtasis, salida, donación. El nuestro es frágil y está herido.
Tenemos que cambiar nuestras actitudes egoístas, cómodas, indiferentes. Porque amar es “descentrarse”, como los radios de una circunferencia. Querer y hacer el bien a todos, principalmente a los “carentes de amor”. San Vicente nos recuerda que el amor, si es verdadero, debe ser afectivo (querer bien) y efectivo (hacer el bien). Y tener presente que “al atardecer de la vida, me examinarán del amor”.
Jesús, al ver la multitud, sintió compasión. ¿Es esa nuestra actitud?
Los Estatutos nos hablan de una vida personal y comunitaria en caridad significativa ante el mundo (16.1.2). ¿Cómo lo hacemos?
FICHA DE FORMACIÓN: FEBRERO DE 2026
LA M DE MARÍA, MADRE Y LA CRUZ
Los signos del reverso. A santa Catalina se le muestra el reverso de la medalla: la letra M y la Cruz, los dos corazones y las doce estrellas. Símbolos tan expresivos que María le dice cuando ella le pregunta si hay que poner algo: “Bastante dicen la M y los dos corazones”.
La M de María y de Madre. Es el nombre de Miriam, Señora, la favorecida, la llena de gracia. Y la Madre, la M que sale de la cruz, la maternidad divina, escogida por Dios, anunciada y consentida en el pasaje de la anunciación del ángel. La Madre y modelo de la Iglesia, la participación de María en el misterio pascual con su presencia en el calvario y su propio sufrimiento, unido al de Cristo.
Aquí María no sostiene una cuna o un niño, solo la Cruz. Después de todo, la cruz es el derecho fundamental de un cristiano, ¿cómo no iba a serlo de María? María estaba “junto a la cruz de Jesús” (Jn 19, 25). La pasión del Hijo y de la Madre están reunidas y son inseparables. Si san Pablo escribía “me gozo en mis sufrimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24), ¿con cuánta más razón sucede esto en María junto a la cruz de Jesús?
María es la discípula que sigue al Hijo sin apartarse cuando aparece el sufrimiento, el desprecio y la muerte de aquel al que amaba y seguía. La que no se derrumbó del escándalo ante el silencio de Dios. Es la madre de los seguidores de Jesús y la que con-sufre con él y ruega por nosotros para que lo sigamos sin desfallecimiento en las buenas y en las malas. La M y la Cruz son la conjunción de sus pasiones porque antes hubo la conjunción de sus vidas, como luego habrá la comunión de la gloria.
Si aquí aparece simbolizada, ante todo, la unión entre la Madre y el Hijo, también aparece, en segundo lugar, la unión entre María y los discípulos, pues el discípulo es aquel que estaba con ella al pie de la cruz. Jesús, a punto de morir, le dijo unas breves palabras para encomendarle una herencia: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y luego al mismo discípulo amado: Ahí tienes a tu madre. Es decir, ahora también le encomendaba a él una herencia personal: tener a María por madre (Jn 19, 25-27).
En víspera de su Pasión, Jesús dice: “La mujer, cuando va a dar a luz, se acongoja porque ha llegado su hora, pero cuando le ha nacido el niño, ya no se acuerda de la angustia a causa de la alegría que siente por el hombre que ha traído al mundo” (Jn 16,2). Y esta es la hora de María, la nueva Hija de Sión, la hora que Jesús le indica para tener al discípulo como nuevo hijo. Es la hora de hacernos sus recién nacidos. La muerte de su Hijo es la hora que María nos hace hijos suyos.
Esta es la fuerza de la alianza que establece Jesús entre su madre y sus discípulos. En los contratos se marcan derechos y deberes, y se especifican intercambios de bienes y cosas: esto es tuyo y esto es mío. En la alianza se constituye una comunión de personas. Ella es nuestra y nosotros, suyos; ella es nuestra madre y nosotros somos sus hijos.
La Virgen María, con alegría personal y por encomienda de su hijo Jesús, nos tiene y nos ama a nosotros como a hijos suyos. Y al vernos necesitados, no puede menos que venir a socorrernos. Porque son muchos los sufrimientos que hay en la vida a todos los niveles: en la sociedad con las guerras, las injusticias, las desigualdades, el hambre y la miseria; en las familias con las desavenencias, las rupturas, hijos sin hogar, pérdida de la fe y la práctica religiosa; personalmente ante la presencia del dolor, la enfermedad, la ancianidad, el temor a la muerte, etc…
En las apariciones de la capilla del Bac, y ante las adversidades de sus hijos, María viene a mostrar una vez más su solicitud y amparo. Continúa su vocación de madre que corre junto a los hijos en los momentos difíciles. Ella es la que suplica a Dios (“ruega por nosotros que recurrimos a vos”), la que distribuye y da los dones obtenidos y se los da especialmente a quienes se abren para recibirlos. Necesitamos a esta Virgen María que viene a nosotros desde la Medalla para reanimarnos en la vida de fe cristiana y para curarnos de tantas heridas, violencias, desconfianzas y confusiones. Ella ve y sabe que la necesitamos ahora como entonces, y sigue tendiéndonos sus manos maternales y llenas de dones.
Ella también nos enseña a saber situarnos ante el mal y el sufrimiento. Ante todo, a no causar daños y sufrimientos con palabras poco amables, con comportamientos egoístas o violentos que hieren la dignidad de las personas. Y luego, a trabajar por su desaparición y alivio. Estar al pie de la cruz de los que sufren la enfermedad, la soledad, el hambre, la injusticia. Tomar el lado de los pobres como lo hizo Jesús. Dichosos los que sufren, los que saben sufrir, porque de ellos es el reino de los cielos.
¿Cómo aceptamos los dolores y sufrimientos de nuestra propia vida personal o familiar?
¿Cómo podemos estar al pie de la cruz de los que sufren enfermedad, soledad o pobreza?






